Ante un cadáver

Máscara azteca elaborada con un cráneo humano y un cuchillo que representa a la lengua.


«Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas regumque turres», esto recitaba, en una de sus odas, Horacio, poeta de la latinidad y habitante del imperio romano durante el siglo anterior al nacimiento de Cristo que a través de una oratoria incuestionable hacía notar la debilidad e igualdad de los hombres ante la fatalidad: “La muerte pálida, azota con su pie igualmente las casas de los pobres que las torres de los reyes”.

La época conocida como el romanticismo mexicano, ocurrida en el siglo XIX, fue determinada estéticamente por las tertulias que los intelectuales de la época realizaban. Dichas reuniones contaban con la participación de grupos liberales, algunos pertenecientes a la masonería incipiente, donde se trataban básicamente dos temas: la ciencia y la poesía. Los ponentes, por lo regular, pertenecían sólo a una de estas dos esferas del conocimiento, sin embargo, hubo intelectuales cuya pertenencia a una u otra rama del pensamiento era indefinible, tal es el caso de Manuel Acuña (1849-1873), joven médico y poeta oriundo de Saltillo, Coahuila, que poseía una destreza natural para debatir audazmente sobre cualquier tópico.

Acuña fue contemporáneo y compañero de tertulias de otros escritores como Manuel Altamirano, Juan de Dios Peza y el poeta poblano Manuel María Flores, con éste último compitió por el amor de una mujer, Rosario de la Peña, y fue ella, presumiblemente, la causa por la que se quitara la vida en su cuarto de la facultad de medicina cuando se envenenó, de manera premeditada, con cianuro; Acuña se suicidó cuando tenía 24 años de edad, sin embargo, dejó como legado para las letras mexicanas una vasta obra en verso que hoy ya ha sido antologada innumerables veces. En el ex Convento de San Jerónimo (que habitara en el siglo XVII sor Juana Inés de la Cruz) fundó la Sociedad Literaria Nezahualcóyotl y por esos años también participó en el suplemento cultural del periódico “La Iberia”, publicando dos de sus más grandes poemas: “Nocturno a Rosario” y “Ante un cadáver”.

«¡Y bien! aquí estás ya... sobre la plancha donde el gran horizonte de la ciencia la extensión de sus límites ensancha. Aquí donde la rígida experiencia viene a dictar las leyes superiores a que está sometida la existencia. Aquí donde derrama sus fulgores ese astro a cuya luz desaparece la distinción de esclavos y señores.», he aquí el inicio de “Ante un cadáver”, poema en el que Acuña pareciera ser un eco de la oda horaciana cuando considera a la muerte como un actor de la vida que actúa de manera ecuánime ante la existencia de los mortales. «Allí acaban los lazos terrenales, y mezclados el sabio y el idiota se hunden en la región de los iguales.» Vivir en el extremo equivocado de la balanza y sin embargo morir como si nuestro peso valiera oro.

Horacio y Acuña, la latinidad y el romanticismo, poetas tan dispares, pero a la vez tan semejantes que entendieron a tiempo esta breve pausa llamada vida: «La tumba sólo guarda un esqueleto, mas la vida en su bóveda mortuoria prosigue alimentándose en secreto.» Y remata, magistralmente, con una cuarteta que enaltece el ciclo de la regeneración a la que todos estamos llamados, porque la vida, si bien termina orgánicamente, no lo hace teleológicamente, es decir, en el sentido de su misión original que es la reproducción incesante del milagro: «Que al fin de esta existencia transitoria a la que tanto nuestro afán se adhiere, la materia, inmortal como la gloria, cambia de formas; pero nunca muere.»

Estar ante un cadáver sucede, no cuando en el sepulcro miramos al caído, sino cuando alzamos la mirada y encontramos, en el reluciente espejo, nuestro rostro abatido por el tiempo.


Miguel Ángel Martínez Barradas

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